Dejé las aulas, las cermonias vacías que odiaba y la maldita rutina.
Me embarqué en un largo viaje sin retorno, pero con rumbo fijo.
Me sentí aliviada y poderosa, había cambiado mi vida, descubrí mi lugar en el mundo, mi destino.
Desenpolvé mis alas marchitas, había olvidado lo que era soñar y entregué mi alma entera para aliviar el sufrimiento.
Encontré un camino glorioso, una majestuosa cumbre se alzaba ante mi asombro, un arte bello y milenario.
Afilé mis manos, elegí la carne...
Me fundí lentamente en su delicada anatomía,
Y entre pieles raídas y huesos rotos, encontré perfección, curé el dolor.
Adquirí el don de la sanación.
Pero no hay placer sin tormento, ni cura sin aflicción.
Bailando con la muerte, desafiándo su poder, rehuyendo de sus garras, era alto el precio que exigía pagar.
Cerré mis ojos, para que no brotaran lágrimas,
Apreté fuerte mi corazón para que no sangrara y me hiciera el favor de dejar de latir.
Y en un grito desesperado, desde mis vísceras, recordé quien soy, lo inmensamente frágil e insignificante que soy, ante los designios y el orden primigenio de la naturaleza, y la compleja mecánica del universo.
No hay gloria, ni salvación...
Aunque luchemos, de nuestra existencia no quedarán siquiera atisbos.
Cuando se extinga para siempre la llama que da vida a ésta superflua historia, y a mi miserable y lábil complexión.